moverme. Veo como pasan junto a mí, criaturas cuadrúpedas de grandes dimensiones, parecen elefantes o rinocerontes, no logro distinguir. Caminan a paso lento, pero con bastante fuerza, como si tuviesen pies de plomo que hacen sacudir la cama, haciendo que me duela todo el cuerpo. Algunos son voladores, parecen pterodactylos, y sus alas generan ventiscas de aire gélido que hacen revolotear mis sábanas, llenando de cristales de hielo, con un frío que cala hasta los huesos. De un jarrón de barro escurren lo que parecen ser caramelos, pero tienen en la envoltura la imagen de una calavera con los huesos cruzados. Todo parece tan irreal y desearía que fuese un sueño, pero estoy seguro de que está ocurriendo porque puedo verlos, puedo sentirlos, pero no puedo hacer nada al respecto.
—Tiene 39° de fiebre, necesitamos llevarlo de urgencias al médico —escucho la voz de mi madre a lo lejos aunque no puedo verla.
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