Claudio solía despertar casi a las tres de la tarde, pero esta vez lo hizo antes. Lo despertó un ruido que venía de la ventana. Se asomó y vio algunas palomas en la marquesina.
—Órale, a chingar su madre, culeras.
Hizo aspavientos para ahuyentarlas. Volaron un par, pero de reojo se asomaba un pichón con mirada suspicaz.
—¡Chingao! Y ahora ¿cómo quito a estas madres?
Volvió a acostarse refunfuñando mientras pensaba dónde reubicar el nido, pero se quedó dormido de nuevo.
—Ya baja a comer, Claudio —esta vez lo despertó su madre.
El angelito estaba por cumplir los treinta. Vivía aún en casa de su madre. Hacía algunos años que había dejado los estudios, pues decía que no había nacido para estar en un aula. Solía cambiar de trabajo constantemente alegando que sus patrones eran unos pendejos. Y como no podía ser de otra forma, estaba desempleado, así que pasaba el tiempo fuera de casa haciendo quién sabe qué en quién sabe dónde, regresando siempre pasada la media noche. Su rutina era la misma diariamente.
Un día cualquiera despertó con una comezón insoportable en varias partes del cuerpo, creyendo que eran piquetes de mosquitos. Tomó su celular y pudo observar caminando sobre la pantalla, diminutos insectos. No le dio mucha importancia y siguió con su vida.
Pronto comenzó a llenarse de piquetes, parecía que no paraban, comenzaba a ser preocupante, pues tenía hasta en las ingles y otras zonas donde un mosquito no puede acceder.
Las palomas por su cuenta seguían ahí, y cada que Claudio se asomaba, estas volaban, pero el pichón lo observaba tímido, con la misma mirada temerosa.
—Yo creo que hay chinches en la cama, jefa. No han dejado de picarme. A ver si le puedes echar algo para que se mueran. Me voy a quedar en la sala hasta que te las chingues.
Pasados algunos días durmiendo en la sala, notó que las ronchas se detuvieron.
—No son chinches, son gorupos, hijo. En la marquesina de tu ventana hay un nido de palomas… no tires los desperdicios por la ventana, por eso se quedaron ahí y no se van a ir hasta que dejes de aventarles comida y hasta que crezca el pichón que tienen, más o menos unos quince días más. Ya te recogí tu cuarto y te lavé tu ropa porque ya tenías un montonsote. No dejes comida vieja porque encontré un pambazo echado a perder que compramos desde la semana pasada. Si quieres puedo revisar diario tu cuarto para sacar lo que ya no quieras. Te dejé un botecito para que tires ahí la basura, por favor.
Los días pasaron y las ronchas desaparecían, pero ahora un dolor de cuello aquejaba a Claudio por la mala posición al dormir en aquel sillón.
—¿Cuándo chingados se irán a mover estos animales? Ojalá no hubiera envenenado al pinche gato para que se los comiera.
Se levantó del sillón decidido a subir nuevamente a su cuarto, no importando ya si había o no palomas, pues era mejor tolerar los piquetes que una torcedura de cuello. Entró y lo primero que hizo fue asomarse por la ventana para maldecir a los pájaros, culpables de su desgracia, y reclamarles que ese territorio era suyo y de nadie más, y que no estaba dispuesto a compartirlo con nadie. Se quedó con las palabras en la boca, pues hacía ya un par de días que se habían marchado para seguir con su ciclo natural de vida; crecer y encontrar a su pareja ideal, buscar otro lugar para anidar y ver nacer a los nuevos descendientes antes de morir.
—¡Vaya! Hasta que se largaron estos parásitos.