Aún recuerdo el parque en que acordamos vernos aquella tarde, donde confesaste tu amor por mí. Siempre me hacías reír, pero también siempre tenías las palabras exactas para cada situación. No sé qué me enamoró más de ti, si tu sonrisa, tu sensibilidad, tu carisma, tu sentido del humor; quizás fue todo. Recuerdo la primera vez que nos entregamos cuerpo a cuerpo y cómo dormimos a la luz de una vela. Siempre estabas dispuesto a entregar tu hombría, en cada lugar y cada momento. Tus caricias me hacían sentir como una diosa a la cual le rendías culto. Me hacías sentir una verdadera mujer. Me hacías vibrar como nunca nadie lo ha hecho. Pero también recuerdo tu último abrazo, tu último adiós. Te amaba, pero sabía que nunca cambiarías. Tuviste muchas oportunidades, pero no supiste ser un hombre fuera de la cama. Lo peor es que la persona con la que ahora duermo, y a quien le juré amor eterno, nunca me ha hecho sentir lo mismo que tú.
Microcuento de Gabriel
Vega
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